El Susurro de Themyscira – Parte 1

El Susurro de Themyscira – Solo +18

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La luna llena derramaba plata líquida sobre los acantilados de Themyscira, y el mar cantaba su vieja canción de sal y deseo. Habías estado allí meses, la única persona mortal a la que las amazonas permitieron quedarse después de que un relicario antiguo, hallado por tus manos, resonara con su historia perdida. Pergaminos compartidos, entrenamientos al alba, noches de estrellas y risas bajas habían tejido algo inevitable entre tú y Diana.  

Esa noche ella te encontró donde siempre terminabas cuando el corazón te pesaba: al borde del acantilado, con la brisa nocturna azotándote la ropa.

No llevaba armadura. Solo una túnica de lino blanco, tan fina que la luna la atravesaba, dibujando cada línea de su cuerpo como si el cielo mismo quisiera adorarla. Su cabello negro caía en cascada sobre hombros que habían sostenido el mundo, y sus ojos —esos ojos que habían visto nacer y morir civilizaciones— te miraban ahora con una pregunta sin palabras.

—¿Puedes ver a la mujer que soy cuando la armadura cae?

Te quedaste sin aliento. Ella también, por un instante.

Diste un paso. Ella no retrocedió.

Tus dedos encontraron primero la curva de su cintura, apenas un roce tembloroso. Diana tomó tu mano con suavidad infinita y la guió más arriba, hasta el borde de su pecho. Bajo la tela casi inexistente sentiste su corazón golpeando fuerte, rápido, vivo. El pezón se endureció al instante contra tu palma; un jadeo bajo, muy humano, escapó de sus labios.

La besaste.  

Ella te devolvió el beso como si hubiera esperado siglos ese sabor. Sus manos bajaron por tu espalda, atrayéndote hasta que no quedó ni un suspiro de distancia entre ambos cuerpos. La túnica se abrió —tal vez el viento, tal vez su propia voluntad— y cayó a la arena como una ofrenda. La luz plateada bañó su desnudez: poderosa, perfecta, temblorosa de deseo.

Te llevó de la mano hasta un claro cercano donde el musgo era suave y las flores nocturnas brillaban como pequeñas lunas caídas. Allí, sin prisa, se arrodilló contigo. Primero te dejó explorarla: tus labios en su cuello, tus manos recorriendo la fuerza de sus brazos, la suavidad de sus pechos, la línea firme de su vientre. Cada caricia tuya era respondida con suspiros que ya no eran de princesa ni de heroína, sino solo de Diana.

Besabas su anatomía perfecta guiado por un instinto que buscaba memorizar sus curvas, la besaste de nuevo... mientras ella pasaba de estar de rodillas, a sentada y luego finalmente recostada... acariciate sus piernas mientras se separaban y besaste sus muslos, suave, gentil, alternando entre la izquierda y la derecha... acercandote lentamente a su virtud, haciendola esperar por esa llegada... cuando finalmente llegaste cortejaste los pliegues de su vulva antes de llegar a su botón, tus manos acariciaban su abdomen... llegaban a sus senos y los acariciaban con cortesía mientras ella sujetaba tu cabellera con una fuerza muy contenida.

Cuando tu lengua entró en su sexo, Diana conteniendo su fuerza, tras un gemido potente tiro de ti, y te besó probando su néctar a través de tus labios... tu mano bajó a juguetear con su sexo para no desatenderla durante ese beso.

Después ella tomó el control, porque incluso al entregarse seguía siendo Diana. Giraron y se colocó sobre ti con una lentitud reverente. 

Ella bajó lentamente con besos, siendo recíproca, buscando dar el placer que había recibido, ansiosa de probarte, pero manteniéndote al filo, esperándola y cuando llegó, te llevó a un éxtasis casi divino.

Luego subió para besarte nuevamente, y sus caderas se movieron como olas antiguas: primero suaves, invitándote; luego profundas, reclamándote. Cada movimiento era un juramento silencioso, cada gemido tu nombre pronunciado como oración. Sus pechos rozaban tu pecho; sus manos apretaban tus hombros con la fuerza justa para recordarte que podría romperte… y elegía no hacerlo.

Cuando el placer la alcanzó, arqueó la espalda hacia la luna, la cabeza echada atrás, el cabello azotado por el viento, un grito bajo y hermoso que parecía hacer temblar las estrellas. Tú la seguiste casi al instante, perdido/a en su calor, en su poder que por una noche se rindió solo a ti.

Después, abrazados sobre la tierra todavía palpitante, ella apoyó la frente contra la tuya y susurró con la voz ronca:

—Esta noche no fui Wonder Woman. Solo fui Diana… y tú fuiste quien me hizo sentir mortal, deseada, viva.

Permanecieron así hasta que el primer rubor del alba. Cuando el sol rozó el horizonte, ella besó tu frente con infinita ternura y se levantó, recogiendo su túnica como quien recoge un sueño. Desapareció entre los árboles sin mirar atrás, porque las amazonas no se despiden cuando algo ha sido eterno.

Despertaste en soledad, pero no vacío/a!. 

Sobre tu pecho reposaba uno de sus brazaletes, aún caliente, como si guardara el latido de su placer y la promesa de que, cuando la armadura vuelva a caer, tú seguirás siendo quien ella elija para sostenerla.

Continua en "El susurro de Themyscira 2

Este relato intensifica el erotismo femenino de Wonder Woman, manteniendo el enfoque en su dualidad como guerrera y diosa amatoria, como se describe en el artículo. La conexión previa con el protagonista, forjada a través de meses de respeto y colaboración, justifica la confianza que Diana deposita en él, alineándose con la idea de que su vulnerabilidad es un privilegio ganado. La narrativa resalta su sensualidad desinhibida, su deseo de reciprocidad y su capacidad para combinar poder con entrega, reflejando la "sumisión amorosa" de Marston como un acto de fortaleza. El tono subido, pero no explícito, enfatiza la intensidad emocional y física de la intimidad, manteniendo la esencia de Diana como una figura completa que encuentra fuerza en su humanidad.

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