La historia del cine está llena de mujeres a las que se les ha colgado el cartel de “mala” con una facilidad casi automática. Mujeres cuya única culpa real fue existir con un cuerpo que los demás no sabían mirar sin codicia o sin envidia. Malèna Scordia es una de ellas. Durante años se la ha leído como el objeto erótico de un adolescente, la tentación andante de un pueblo siciliano, la mujer que “se buscó” lo que le pasó. Pero si uno se atreve a mirar más allá de la cámara de Tornatore —y más allá de la fascinación de Renato—, lo que aparece no es una femme fatale ni una provocadora. Es una víctima perfecta de un sistema que solo sabe dos categorías para las mujeres: la esposa protegida o la puta disponible.
### La trampa del despertar sexual
La película se cuenta a través de los ojos de un niño de doce años. Ese es el primer y más peligroso truco. Renato no ve a una persona: ve una fantasía. La sigue, la espía, le roba la ropa interior, la imagina en sus sueños húmedos. Y el espectador, casi sin darse cuenta, adopta esa misma mirada. Malèna se convierte en el misterio maduro y prohibido, en el cuerpo que abre la puerta a la sexualidad del protagonista. Todo lo demás —su hambre, su viudez forzada, su aislamiento, su violación, su prostitución por supervivencia— queda en segundo plano, como decorado de la “educación sentimental” del chico.
Es el mismo mecanismo que convierte a Dolores Haze en “ninfa”, a Summer Finn en “la que rompe corazones” y a Jenny Curran en “la puta que no se merece a Forrest”. La mujer deja de ser sujeto y pasa a ser función: catalizadora del deseo o del trauma del hombre que la mira.
### La anatomía de la destrucción
Malèna no elige casi nada de lo que le ocurre.
- Su marido parte a la guerra.
- El pueblo entero la convierte en objeto de chisme y de deseo.
- Las mujeres la odian por el simple hecho de ser deseada.
- Pierde el trabajo.
- Su padre la rechaza después de los anónimos.
- Un aviador la usa y luego la traiciona en el juicio.
- El abogado que la “salva” la viola en su propia casa y se niega a cobrar en dinero.
- Muere su padre en un bombardeo.
- Se queda sin comida y sin nadie que le venda pan.
- Se ve obligada a vender su cuerpo para no morirse de hambre.
- Cuando llegan los aliados, las mismas mujeres que la destrozaron con la lengua la arrastran a la plaza, le cortan el pelo y la humillan públicamente como “colaboradora”.
Ninguno de estos actos es una decisión libre. Son consecuencias de un pueblo que necesitaba un chivo expiatorio y de una guerra que eliminó todas las redes de protección posibles. Malèna no se “entregó”. La empujaron hasta que ya no le quedaba otra salida.
### El pueblo como verdadero monstruo
Lo más siniestro de *Malèna* no es la mirada de Renato. Es la mirada colectiva. Los hombres la quieren poseer. Las mujeres la quieren destruir. Nadie la mira como a una persona que está sola, asustada y sin recursos. Cuando se prostituye, el pueblo se siente justificado: “ya ves, al final era lo que pensábamos”. Cuando la humillan en la plaza, sienten que hacen justicia. Y cuando regresa el marido, de repente vuelven a tratarla con respeto. Porque ahora vuelve a ser “la esposa de”. El cartel de “mala” se retira tan fácil como se puso.
Es la misma lógica que castiga a Jenny por intentar escapar de su trauma, a Summer por negarse a completar la fantasía de Tom, a Dolores por existir dentro de la mirada de Humbert. La mujer que no cabe en el molde de pureza o de sumisión debe ser degradada hasta que encaje en el de “puta”.
### Conclusión: el valor de cambiar la mirada
Malèna no es una mala mujer. Es la demostración más clara de cómo se fabrica una. Se le quita el marido, se le quita el padre, se le quita el trabajo, se le quita la privacidad, se le quita la comida y, cuando ya solo le queda el cuerpo, se le dice que es una prostituta por usarlo.
La verdadera pregunta que plantea la película —y que la serie “Bad women?” insiste en hacer— no es si Malèna fue buena o mala. Es por qué necesitamos tanto que lo sea. Porque mientras la veamos como tentación, como objeto o como lección moral, no tenemos que mirar al pueblo entero que la destrozó. Ni al niño que la consumió con la mirada. Ni a nosotros mismos, que seguimos disfrutando de esa misma mirada sin cuestionarla.
Malèna no rompió ninguna regla.
La sociedad se las inventó todas para poder destrozarla con la conciencia tranquila.
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