El Murmullo de Krypton

Supergirl – Relato Erótico – Solo +18

Acceso Restringido – Solo Mayores de 18

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Complemento derivado del artículo multidisciplinario: 
Supergirl: Sobreviviente, Migrante, Queer, Huérfana Cósmica y Poderosa
(ESTE RELATO HA SIDO DISEÑADO PARA QUE CUALQUIERA PUEDA ASUMIRSE COMO EL O LA PROTAGONISTA SEA HOMBRE, MUJER, TRANS, ETC)

La Atalaya siempre se sentía demasiado fría para ella. Kara Zor-El no era como su primo; ella recordaba el calor de Argo City, el olor del metal caliente de los laboratorios y la vibración de una cultura que no necesitaba ser salvada. Por eso, cuando te encontró en aquel hangar privado, no buscaba una lección de moral de Diana ni una orden táctica de Bruce. Buscaba a la persona que, meses atrás, había sobrevivido al veneno de Ivy y al juicio de las Amazonas.

—Sabes, Kara… yo solía ser normal —dijiste sin dejar de ajustar los sensores del búnker—. Ya no. Antes de ser vigilante, antes de que Ivy me secuestrara… era genetista. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio mientras los dioses vuelan.

Ella te miró con esa mezcla de fatiga y furia que solo los exiliados comprenden. Estaba harta de ser infantilizada. Batman la aislaba como a un arma inestable; Diana la trataba como a una novata eterna.

—Listo, Kara —sentenciaste, activando el interruptor—. Aquí podemos entrenar sin que tu furia destruya el mundo. Pero ponte un protector… fue difícil encontrar un dentista para Kal la última vez.

El espectro carmesí inundó el búnker. Para Kara, fue como si el universo se apagara. El zumbido de sus células cesó, la invulnerabilidad se evaporó y, por primera vez en años, sintió el peso real de sus propios pulmones. Se tambaleó, sintiendo la gravedad como una cadena.

—Aquí eres tan frágil como una humana, Kara. El murciélago creó esto para entrenar con Kal sin contenciones.

Te quitaste el brazalete de amazonium que había sido embuido con la gema del relicario, ese que te había permitido enfrentar supervillanos los últimos meses; golpeó el suelo con un eco definitivo. Kara te miró, aterrada por su propia debilidad.

—Sin magia. Sin brazaletes —dijiste, moviéndote con la economía de sombras de los tejados de Gotham—. Solo lo que la vida me enseñó en las calles.

El combate fue una carnicería de realidad. Ella lanzaba golpes de guerrera, pero tú le aplicaste un giro bajo, golpeando sus talones y derribándola desde atrás. Al caer, el sonido de su cuerpo contra el metal fue un recordatorio cruel de su nueva mortalidad.

—Entiendo que los kryptonianos son diseñados con propósito —susurraste sobre ella, inmovilizándola—. No eres una guerrera, Kara… eres una científica. Por eso fuiste derrotada. Te has confiado del poder y has olvidado lo que Diana te enseñó.

—¡Un golpe, Kara! —la provocaste, soltándola para que se pusiera de pie—. Solo te pido que logres golpearme una vez. A Kal le bastó con concentrarse un poco.

Esa mención fue el detonante. Kara, fúrica, poseída por una ira que solo Darkseid había logrado despertar antes, rugió. No fue el grito de una heroína, sino el de una mujer que se negaba a ser comparada. Lanzó una pesa de entrenamiento contra el tablero de control, destruyendo los emisores de sol rojo.

En ese microsegundo, la luz cambió. El amarillo regresó a sus venas. Te lanzó un golpe con una fracción de su poder recuperado que te habría convertido en polvo si no hubieras reaccionado con la velocidad del instinto, cerrando el brazalete de amazonium justo a tiempo.

El impacto te mandó contra la pared, dejando el escudo místico al rojo vivo.

La Liga llegó segundos después. Diana, Oliver, Kal, Helena y J’onn entraron para encontrar un escenario de guerra. Kara estaba allí, asimilando la magnitud de su propia fuerza, y tú caías exhausto, con el brazo entumecido porque el brazalete apenas empezaba a brindarte la fuerza necesaria para no morir.

Días después, ya recuperado, entrenabas solo en la base. El brazalete del relicario estaba en tu base, un recurso de último minuto que esperabas no usar pero sobre todo un recuerdo. De repente, la voz computarizada del búnker resonó:

—Protocolo Habitación Roja: Activado.

Antes de que pudieras reaccionar, una ráfaga de aire te estampó contra la pared. Kara estaba allí. No había furia esta vez, solo una determinación científica. Te sostuvo la mirada con una intensidad que hacía que el sol rojo pareciera frío.

Te besó. Fue un beso con el ansia incontenida de quien ha pasado siglos siendo un símbolo y finalmente ha encontrado a alguien que no le tiene miedo a su sombra.

Tus manos encontraron sus muslos, esos que siempre habían parecido intocables bajo la falda roja. Ella guió tu mano con suavidad pero firmeza, dejando que rozaras sus curvas, su piel cálida y viva bajo el traje. Sus dedos se enredaron en tu cabello mientras te atraía más cerca, su respiración entrecortada mezclándose con la tuya.

Se recostaron juntos en el suelo frío del búnker, pero ya no había frío que importara. Kara se abrió a ti con una entrega temblorosa: no por debilidad, sino por la elección consciente de ser vulnerable. Tus labios recorrieron su cuello, su clavícula, descendiendo con reverencia hasta donde su cuerpo respondía con cada roce. Ella arqueó la espalda, dejando escapar un suspiro profundo, casi un gemido de alivio al sentirse tocada de verdad, sin armadura ni invulnerabilidad entre ambos.

Cuando sus cuerpos se encontraron, fue lento, profundo, un movimiento que parecía sincronizar los latidos de ambos corazones. "Mas" exclamó y se acomodaron, ella de lado y tu de rodillas, vuestros sexos juntos en comunión, son una de sus piernas sobre tu hombro la cual consentías con besos suaves. Cada embestida era una afirmación: ella elegía esto, elegía sentir el peso de la gravedad, el roce humano, el placer que no necesitaba superpoderes para existir.

El clímax llegó como una ola suave pero imparable. Kara se tensó, su cuerpo temblando contra el tuyo, un grito bajo y hermoso escapando de sus labios mientras se dejaba llevar por completo. Tú la seguiste, perdido en el calor que compartíais, en la certeza de que, por ese instante, ella no era Supergirl: era Kara, mortal, deseada, viva.

Permanecieron abrazados en el silencio del búnker, su respiración calmándose contra tu pecho. Ella levantó la vista, sus ojos azules aún brillantes por la intensidad del momento.

—Gracias —susurró—. Por dejarme ser frágil… y por hacerme sentir que eso también es fuerza.

Te besó la frente con ternura infinita, y por primera vez en mucho tiempo, Kara Zor-El no sintió el peso del mundo sobre sus hombros. Solo el calor de otro ser humano que la había visto —y la había deseado— tal como era.


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