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Esta es una "ficción no oficial y transformadora" Todos los personajes, nombres, elementos relacionados y marcas son propiedad exclusiva de "Warner Bros.", "DC Comics", "Paramount", "Skydance" y sus entidades sucesoras.
Se trata de una "obra de fan fiction no lucrativa, creada sin fines comerciales y protegida bajo los principios de "libertad de expresión" y "libertad artística".
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Complemento derivado al artículo multidisciplinario:
Wonder Woman: Feminista, Queer, Migrante, Indígena y Poderosa (84 años de Wonder Woman)
Wonder Woman, Guerrera inquebrantable, diosa amatoria... heroina completa.
Wonder Woman: Feminista, Queer, Migrante, Indígena y Poderosa (84 años de Wonder Woman)
Wonder Woman, Guerrera inquebrantable, diosa amatoria... heroina completa.
Afrodita observa desde el Olimpo, reclinada en su lecho de pétalos y seda que nunca se marchitan, porque incluso las diosas sienten curiosidad por lo prohibido.
Su cabello dorado cae como miel derretida sobre hombros desnudos; los ojos, dos pozos de ámbar líquido, brillan con una mezcla de envidia, excitación y sorpresa genuina. No hay ira en su mirada, solo el reconocimiento profundo de su propio dominio manifestado en carne mortal.
—Diana… mi Diana —susurra para sí misma, la voz como un suspiro de brisa cargada de jazmín y sal—. ¿Cómo es posible que tú, que has rechazado a dioses y titanes, hayas temblado bajo un/a mortal? ¿Que hayas gritado su nombre como si él/ella fuera el único/a capaz de tocar el fuego que yo encendí en ti desde la espuma del mar?
No está celosa en el sentido de Hera —la matriarca amazona, señora de los matrimonios y las alianzas eternas, que vería en esto una afrenta al orden divino—. No es posesiva como Ares, que reclamaría la conquista con sangre y lanza. Afrodita está consternada y excitada porque reconoce en ese encuentro algo puro de su reino: un acto de belleza cruda, de lujuria honesta, de placer que no pide permiso ni futuro. Diana, que siempre fue llamada "bella como Afrodita" —halago que a Afrodita le encanta cuando se lo dedican a Diana, pero que odiaría si se lo arrojaran a otra mujer, porque Diana es perfecta de diseño por las mismas diosas—, por fin ha vivido esa belleza en carne propia: no como don divino pasivo, sino como herida abierta y éxtasis vivo.
Sus dedos recorren distraídamente su propia piel, imitando los movimientos que vio en el claro del bosque la noche anterior: la curva de la cadera de Diana al arquearse, el temblor de su espalda cuando el/la mortal la llevó a la plenitud, el jadeo que escapó de sus labios cuando el placer la rompió. Afrodita siente un cosquilleo nuevo, casi infantil en su divinidad: curiosidad por esa persona que logró lo que ni dioses lograron. ¿Será digno/a de su bendición? ¿O solo un/a mortal afortunado/a que despertó en Diana lo que ella misma representa desde siempre?
El calor crece entre sus muslos divinos. Su sexo, siempre húmedo de deseo eterno, se contrae con cada imagen que revive. El líquido que emana de entre sus labios —néctar dorado, más dulce que la miel, más ardiente que el sol— cae gota a gota sobre la tierra que yace muy abajo, invisible para los mortales pero fértil para el mundo.
Donde toca el suelo, brotan rosas rojas, intensas, casi sangrientas. Sus pétalos se abren con un suspiro audible, como si la tierra misma gimiera de placer. El polen que desprenden, dorado y luminoso, se eleva en nubes finas, fecundando la tierra circundante. De esa unión nacen nuevas flores, nuevas vides, nuevos brotes que crecen con una urgencia casi obscena: todo lo que toca el deseo de Afrodita se multiplica, se hincha, se entrega.
Ella sonríe, los labios entreabiertos, los ojos aún fijos en la imagen lejana de Diana temblando bajo el mortal.
—Así es como las mujeres me son devotas —murmura para sí misma, mientras su mano desciende más abajo, rozando el centro de su propio fuego—. No por promesas de eternidad ni por alianzas matrimoniales. Me veneran porque les enseño que el placer no es debilidad; es soberanía. Que el cuerpo puede ser templo y arma al mismo tiempo. Que la lujuria no esclaviza… libera.
Un último estremecimiento la recorre. El néctar cae una vez más, y en la tierra lejana una rosa particularmente grande se abre con violencia, pétalos temblando como si recordaran el grito de Diana.
Afrodita se recuesta de nuevo, satisfecha, el pecho subiendo y bajando con respiración lenta.
No intervendrá… todavía.
Pero guarda el recuerdo como un secreto ardiente.
Porque sabe que, tarde o temprano, Diana volverá a caer —o a elevarse— en ese fuego.
Y cuando lo haga, la diosa del placer estará lista para bendecirlo… o para unirse.
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