El Sonido de lo verde

Poison Ivy – Relato Erótico – Solo +18

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Complemento derivado del artículo multidisciplinario: 
Poison Ivy: Mujer, Genio, Terrorista, Queer y Diosa
(ESTE RELATO HA SIDO DISEÑADO PARA QUE CUALQUIERA PUEDA ASUMIRSE COMO EL O LA PROTAGONISTA SEA HOMBRE, MUJER, TRANS, ETC).

El invernadero respira contigo ahora. Han pasado semanas desde el secuestro: tus conocimientos en biología genética ya no son una amenaza, sino un puente. Has ayudado a Ivy a refinar sus híbridos —semillas que combinan ADN humano con el del Green, plantas que sienten emociones y raíces que recuerdan traumas—. Ella te observa mientras trabajas, sus ojos esmeralda brillando con algo nuevo: no solo aprobación científica, sino hambre personal. "Eres el primero que entiende que la fusión no es destrucción", te dice una noche, rozando tu mejilla con un pétalo vivo. "Tal vez seas el último humano que merezca enraizarse conmigo".

Esta noche la luna se filtra como mercurio líquido a través del techo de vidrio roto. El aire está cargado de feromonas dulces y saladas: jazmín nocturno, tierra húmeda y el aroma inconfundible de su excitación vegetal. Ivy emerge de las sombras, su piel pálida surcada por venas verdes que palpitan como ríos vivos. Lleva solo enredaderas que se enroscan estratégicamente alrededor de sus curvas: una banda cubre sus pechos y otra se enreda en sus caderas como un taparrabos vivo, dejando ver la humedad que brilla entre sus muslos. Su cabello rojo cae en cascadas salvajes, y cada paso hace que las plantas a su alrededor se inclinen hacia ella como devotas.

Se detiene frente a ti, en el centro del claro de musgo suave y flores bioluminiscentes que parpadean como estrellas caídas. "¿Puedes sentirlo?", susurra, su voz ronca como raíces rompiendo concreto. "El Green late en ti ahora... y en mí late algo que pensé extinguido: deseo por un igual". Extiende una mano; tocas su palma y sientes el pulso compartido: tu corazón acelerado sincronizándose con el de ella, con el de las plantas, con el planeta entero.

La túnica de enredaderas se deshace sola, cayendo como hojas muertas. Su cuerpo desnudo es un mapa de poder y vulnerabilidad: pechos plenos con pezones endurecidos como brotes nuevos, vientre plano que se contrae al sentir tu mirada y caderas anchas invitando a la unión. Te guía al lecho de musgo, pero esta vez no se coloca encima de inmediato. Primero te hace recostarte, y una enredadera gruesa, cálida y pulsante emerge del suelo, enrollándose alrededor de tu cintura como un abrazo posesivo. "No temas", murmura Ivy, arrodillándose sobre ti, sus muslos abriéndose para rozar tu piel. "Esto no es control... es fusión".

Sus caderas descienden lentamente, alineándose contigo en un roce inicial; su centro húmedo y caliente se desliza contra ti, marcando el ritmo con gemidos bajos que hacen temblar las hojas cercanas. Al mismo tiempo, la enredadera obedece a su voluntad silenciosa: entra en ti con suavidad al principio, luego con embestidas firmes y rítmicas que se sincronizan perfectamente con los movimientos de Ivy sobre ti. Sientes cómo la planta se mueve en tu interior, expandiéndose ligeramente con cada pulso, dictando la forma exacta en que vuestros cuerpos se unen: cuando ella baja, la enredadera empuja profundo; cuando ella se arquea hacia atrás, se retrae solo para volver más intensa.

Sus manos se clavan en tus hombros; sus uñas verdes dejan marcas que no duelen, sino que arden de placer. "Siente cómo te marco", jadea con la voz entrecortada mientras acelera el vaivén de sus caderas, el calor de su excitación empapándolo todo. La enredadera dentro de ti vibra, enviando ondas de placer que suben por tu columna mientras Ivy se inclina para besarte; su lengua explora como raíces buscando agua, mordiendo tu labio inferior con ternura feroz. Sus pechos rozan los tuyos, con los pezones duros trazando líneas de fuego.

El clímax se construye como una tormenta en el Green: primero un temblor compartido, luego un rugido interno. Ivy grita —un sonido primal, hermoso, como un bosque despertando tras siglos de silencio—, sus paredes contrayéndose alrededor del roce, mientras la enredadera en tu interior pulsa una última vez, profunda y posesiva, llevándote al borde junto a ella. Vuestros cuerpos se arquean al unísono, el sudor mezclándose con la savia y los gemidos fundiéndose en uno solo.

Cuando el éxtasis pasa, Ivy colapsa sobre ti; su peso es cálido y reconfortante. La enredadera se retira lentamente, dejando una sensación de plenitud residual, como si parte de ella permaneciera dentro. Apoya su frente contra la tuya, respirando agitada. "Esta noche no fui la terrorista que odia a la humanidad... fui Pamela, la que anhela conexión. Y tú... tú fuiste quien me dejó enraizarme sin miedo". Sus dedos trazan una hoja viva en tu pecho, que se adhiere como un tatuaje temporal. "El Green te recuerda ahora. Cuando vuelva a susurrar, serás tú quien elija si nos fundimos de nuevo... o si nos convertimos en uno para siempre".


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